diumenge, 18 de gener de 2009

Trastornos Juveniles



Hay gente que nace escéptica y otra que no. Yo formo parte del segundo saco, y, de este segundo saco, formo parte del subgrupo minoritario de los “crédulos absolutos”, es decir, los que se tragan todo, absolutamente todo lo que les dicen. Justo después de la cena de hoy, deambulábamos sin suerte por la calle Tallers en busca de un bar abierto donde tomar algo y no sé cómo ha surgido el tema de Lluvia de Estrellas.

Lluvia de Estrellas nunca fue nuestro programa de infancia, eso que quede claro, pero si un motivo de reflexión esporádico que en mi caso concreto, se convirtió en leit motiv cada día de emisión del programa (ése que veías entre anuncio y anuncio). Cuando era pequeña me obsesionaba la puerta con forma de triángulo, ese tropo espacial que despedía humo y caspa a partes iguales. La puerta de Lluvia de Estrellas era una hipérbole temporal y una burla descarada a cualquier tipo de proceso o seguimiento; era la viva metáfora de la inmediatez: todo lo vulgar que por ahí entraba salía convertido en magno en un instante. Lo que tardaba en salir una foto Polaroid. La duración de un chasquido de dedos. Una fracción de bostezo. Esa puerta era una bofetada a la tardanza.

Como yo pertenezco al saco de los No Escépticos / Crédulos Absolutos, nunca me planteé que ese rollo paranormal de la puerta era mentira, y que los niños que entraban ahí con apariencia normal (y salían convertidos en príncipes y princesas cantores) habían pasado entremedio una fase de tunning físico que duraba más que los dos segundos de emisión en la TV. No, yo me pensaba que los niños entraban y automáticamente ya salían vestidos y arreglados, y claro, quería tener una puerta como ésa en mi casa para no tener yo que esperar para las cosas. Era totalmente extrapolable: con una puerta de ésas uno podría hacer cualquier cosa.

En fin, hoy lo comentaba en Tallers y mi interlocutor se ha puesto a reír. “¿Cómo podías creerte eso?” y la verdad es que –entre risas- no he sabido muy bien qué responder. Porque por norma general creo en las cosas, aunque no exista la posibilidad de que ocurran. La cuestión es que nos hemos imaginado a los espectadores allí sentados, esperando cuatro horas a que el nene que iba a cantar se perdiera en la humareda para vestirse, maquillarse, peinarse y reaparecer, para que luego los emisores hicieran creer al público que en realidad esa progresión nunca había existido, que el cambio físico paulatino era en realidad milagroso y que en lugar de durar dos horas duraba dos segundos; y he tenido la certeza de que lo inmediato no funciona. O no funciona o no existe.


Y que, además, la tele es un timo si eres un crédulo.