diumenge, 29 de març de 2009

Cuentos infantiles


Decía Platón en Fedro que la belleza era -en síntesis- un concepto totalmente desarraigado de lo físico hasta el punto que no tenía por qué corresponderse con un impacto visual. El concepto de amor platónico se ha ido modificando con el tiempo, pero aun así la raíz de la expresión se anclaba en lo puramente mental sin intervención física alguna posible –es decir, el mero hecho de imaginarlo ya corrompía el amor esencial-.

Esta pequeña introducción es el desencadenamiento de la teoría de las metáforas de F. Después de un día intenso, bajaba por General Mitre acelerada por la amenaza de la lluvia cuando topé de cara con el Turó Park. Recordaba la última vez que fui hace tropecientosmil años, cuando el lago estaba repleto de nenúfares y las ranas y los sapos se habían asentado en él como quien llega a casa después del día más agitado del mundo. Tengo que admitir que los sapos (y en especial las ranas) no me hacen ni pizca de gracia, de hecho estoy casi segura de que es el animal que me inspira más rechazo del mundo. Y mientras buscaba escuchar ese inconfundible croar entre los barrotes que nos separaban, me acordé de los cuentos infantiles y la cantidad de tropos incomprensibles que estos animalicos han acabado por generar al largo de la historia.

Y en ese momento até cabos. G decía que algunos sapos eran alucinógenos y que claro, el besarlos provocaba esa sensación explosiva que unos acababan por definir como amor. La rana se vuelve príncipe. Esto tiene cierta lógica mirando las películas psicotrópicas de Disney de hace unos cuantos años, que también han ayudado bastante a la idealización de todo. Yo pensaba que la cosa era más fácil. No es que el beso al sapo desencadenara el amor, pero sí tergiversaba el concepto de belleza. Se suponía que el amor era eso, besar al sapo o a la rana (que no siempre tenía por qué ser sapo o rana, eso también es verdad) y que éste se volviera príncipe, el paradigma de la teoría de Platón: lo feo que acaba siendo bello. No era lo esencial que fuera asqueroso, pero sí que se volviera príncipe al final. Claro que a ojos de la princesa. Como probablemente ella se volvía rana a ojos del sapo. Es decir (moraleja), que la belleza es tan relativa que se ancla en los ojos de quien la mira.Probablemente a espaldas de la princesa, los colindantes cuchicheaban sobre la cara-de-sapo del príncipe en cuestión:

- ¿Has visto qué feo que es?
- Ya ves. Tiene ojos de sapo.

Y en ese breve momento de lucidez infantil, me acordé de la otra cara de la moneda, qué ocurre cuando el príncipe sale rana. Hay pocos cuentos de ello y muchas -demasiadas- realidades al respecto. Entonces miré los nenúfares y pensé que no creo que fuera capaz nunca de probarlo, por si acaso. Hace un año compré para G en Berlín una especie de lata transparente con una rana dentro. Si la rellenabas de agua fría, la rana se disipaba cual pastilla efervescente y de dentro salía un príncipe que se suponía que tenía que crecer. Ése en concreto nunca creció, y es que no a todos les daban dos, pero la idea era bonita, que conste.

Y quién sabe, supongo que los cuentos al fin y al cabo tienen esa función. Meter cosas en la cabeza para que cuando pases por el Turó Park pierdas un ratito el tiempo pensando en el por qué de todas ellas.




Annuals / Springtime