Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris CómoMolaLaTele. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris CómoMolaLaTele. Mostrar tots els missatges

dilluns, 9 de febrer del 2009

Segundos, secundarios y bises


Hoy he leído un articulillo en el periódico que me ha llamado la atención. El artículo en sí era bastante absurdo, de los de relleno, que tanto da publicarlos hoy como mañana o dos meses más tarde, pero era curioso. En él hablaban del ganador de un programa de tele que emitían a finales de los sesenta. El programa se llamaba “Un millón para el mejor” y el ganador (al que llamaré Sr. $) no me acuerdo.

La cuestión es que en el artículo este buen señor decía que todavía hoy, casi cuarenta años después, la gente lo seguía reconociendo por la calle. Supongo que el porcentaje de edad de los ojos avispados es reducido, pero aun así me parece interesante que se acuerden de él. Se ve que el programa lo emitían en la época en que sólo existía un canal, así que si no te gustaba pues te callabas y te aguantabas o te ibas a otra cosa, y si te gustaba contribuías a disparar el (brutal) índice de audiencia. Lo de la memoria pienso que es un caso especial que hoy en día es difícil de repetir. Creo que la franja longeva en general es más propicia a idealizar los contenidos de la televisión porque en su momento no crecieron con ella. Los procesos de adaptación parecen hacer especial hincapié en la memoria, convierten lo general en algo concreto; y supongo que un programa único en un solo canal dejó su huella de algún modo.

El Sr $ declaraba en el artículo que nunca utilizó su fama para nada y se dedicó después a sus asuntos: labores humanitarias y parecidos. Con el dinero también se compró un piso en el Eixample y se dedicó a viajar, preservando su anonimato (no me quiero ni imaginar cómo hubiese sido un fenómeno así hoy en día) hasta hoy. Y parece que la vida le ha ido bien.

En el artículo también señalan que el Sr $ no solía ganar las pruebas, sino que siempre quedaba segundo o tercero. Así que siempre le ganaba alguien, pero él se mantenía constante en la retaguardia y al final resultó ser el que, sin destacar, acabó llevándose el premio gordo. No sé qué parte de fábula tiene esta historia, pero hoy he pensado en todos los segundos platos, segundos planos y lo(s) que viene(n) detrás, y la historia me ha enternecido un poco. Es un poco como el cuento del pato feo que se vuelve cisne a pequeña escala, con el mismo mensaje a interpretar. Como si ese señor fuera la personificación del karma y las segundas oportunidades. Hasta el título del programa (no escatimaban en obviedades en los sesenta, eh) le dio la razón. Un millón para el mejor, que no necesariamente el primero.

No sé. Quizá sí es verdad que las cosas llegan por sí solas cuando toca y que cada uno recibe la parte que se merece. Voy a cruzar dedos por ello. El cuento me ha sonado tristemente bien.

diumenge, 18 de gener del 2009

Trastornos Juveniles



Hay gente que nace escéptica y otra que no. Yo formo parte del segundo saco, y, de este segundo saco, formo parte del subgrupo minoritario de los “crédulos absolutos”, es decir, los que se tragan todo, absolutamente todo lo que les dicen. Justo después de la cena de hoy, deambulábamos sin suerte por la calle Tallers en busca de un bar abierto donde tomar algo y no sé cómo ha surgido el tema de Lluvia de Estrellas.

Lluvia de Estrellas nunca fue nuestro programa de infancia, eso que quede claro, pero si un motivo de reflexión esporádico que en mi caso concreto, se convirtió en leit motiv cada día de emisión del programa (ése que veías entre anuncio y anuncio). Cuando era pequeña me obsesionaba la puerta con forma de triángulo, ese tropo espacial que despedía humo y caspa a partes iguales. La puerta de Lluvia de Estrellas era una hipérbole temporal y una burla descarada a cualquier tipo de proceso o seguimiento; era la viva metáfora de la inmediatez: todo lo vulgar que por ahí entraba salía convertido en magno en un instante. Lo que tardaba en salir una foto Polaroid. La duración de un chasquido de dedos. Una fracción de bostezo. Esa puerta era una bofetada a la tardanza.

Como yo pertenezco al saco de los No Escépticos / Crédulos Absolutos, nunca me planteé que ese rollo paranormal de la puerta era mentira, y que los niños que entraban ahí con apariencia normal (y salían convertidos en príncipes y princesas cantores) habían pasado entremedio una fase de tunning físico que duraba más que los dos segundos de emisión en la TV. No, yo me pensaba que los niños entraban y automáticamente ya salían vestidos y arreglados, y claro, quería tener una puerta como ésa en mi casa para no tener yo que esperar para las cosas. Era totalmente extrapolable: con una puerta de ésas uno podría hacer cualquier cosa.

En fin, hoy lo comentaba en Tallers y mi interlocutor se ha puesto a reír. “¿Cómo podías creerte eso?” y la verdad es que –entre risas- no he sabido muy bien qué responder. Porque por norma general creo en las cosas, aunque no exista la posibilidad de que ocurran. La cuestión es que nos hemos imaginado a los espectadores allí sentados, esperando cuatro horas a que el nene que iba a cantar se perdiera en la humareda para vestirse, maquillarse, peinarse y reaparecer, para que luego los emisores hicieran creer al público que en realidad esa progresión nunca había existido, que el cambio físico paulatino era en realidad milagroso y que en lugar de durar dos horas duraba dos segundos; y he tenido la certeza de que lo inmediato no funciona. O no funciona o no existe.


Y que, además, la tele es un timo si eres un crédulo.