Hoy he leído un articulillo en el periódico que me ha llamado la atención. El artículo en sí era bastante absurdo, de los de relleno, que tanto da publicarlos hoy como mañana o dos meses más tarde, pero era curioso. En él hablaban del ganador de un programa de tele que emitían a finales de los sesenta. El programa se llamaba “Un millón para el mejor” y el ganador (al que llamaré Sr. $) no me acuerdo.
La cuestión es que en el artículo este buen señor decía que todavía hoy, casi cuarenta años después, la gente lo seguía reconociendo por la calle. Supongo que el porcentaje de edad de los ojos avispados es reducido, pero aun así me parece interesante que se acuerden de él. Se ve que el programa lo emitían en la época en que sólo existía un canal, así que si no te gustaba pues te callabas y te aguantabas o te ibas a otra cosa, y si te gustaba contribuías a disparar el (brutal) índice de audiencia. Lo de la memoria pienso que es un caso especial que hoy en día es difícil de repetir. Creo que la franja longeva en general es más propicia a idealizar los contenidos de la televisión porque en su momento no crecieron con ella. Los procesos de adaptación parecen hacer especial hincapié en la memoria, convierten lo general en algo concreto; y supongo que un programa único en un solo canal dejó su huella de algún modo.
El Sr $ declaraba en el artículo que nunca utilizó su fama para nada y se dedicó después a sus asuntos: labores humanitarias y parecidos. Con el dinero también se compró un piso en el Eixample y se dedicó a viajar, preservando su anonimato (no me quiero ni imaginar cómo hubiese sido un fenómeno así hoy en día) hasta hoy. Y parece que la vida le ha ido bien.
En el artículo también señalan que el Sr $ no solía ganar las pruebas, sino que siempre quedaba segundo o tercero. Así que siempre le ganaba alguien, pero él se mantenía constante en la retaguardia y al final resultó ser el que, sin destacar, acabó llevándose el premio gordo. No sé qué parte de fábula tiene esta historia, pero hoy he pensado en todos los segundos platos, segundos planos y lo(s) que viene(n) detrás, y la historia me ha enternecido un poco. Es un poco como el cuento del pato feo que se vuelve cisne a pequeña escala, con el mismo mensaje a interpretar. Como si ese señor fuera la personificación del karma y las segundas oportunidades. Hasta el título del programa (no escatimaban en obviedades en los sesenta, eh) le dio la razón. Un millón para el mejor, que no necesariamente el primero.
No sé. Quizá sí es verdad que las cosas llegan por sí solas cuando toca y que cada uno recibe la parte que se merece. Voy a cruzar dedos por ello. El cuento me ha sonado tristemente bien.
